Los horrores del experimento del SUEÑO RUSO

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Los hombres empleados en el experimento fueron prisioneros políticos y de guerra, considerados como enemigos del estado durante la Segunda Guerra Mundial.

El experimento consistió en mantener a los prisioneros encerrados en una habitación, esta contaba con un sistema de ventilación que inundaba el ambiente con un estimulante basado en un gas experimental que los obligaba a mantenerse despiertos sin poder dormir durante los siguientes 30 días. 

En aquella época aún no se inventaba el circuito cerrado, por lo que tuvieron que instalar micrófonos y ventanas cuyos vidrios tenían un grosor de cinco pulgadas para poder observarlos. La habitación estaba repleta de libros, tenía agua corriente, baño, comida y todo lo necesario para que los cinco cumplieran con sus necesidades durante un mes.

Las reglas del experimento marcaban que nadie entraría ni saldría de la habitación durante treinta días.


Los prisioneros fueron inducidos al peligroso experimento con la falsa promesa de ser liberados al término del mismo, aunque éste no concluyó en la fecha estipulada. Tras los primeros cuatro días, mismos que el ser humano puede medianamente soportar sin sueño, ninguno de los 5 representó un peligro, no se quejaron y respetaron las reglas del experimento. Sin embargo, varios miembros que estaban al mando del ejercito concluyeron que el experimento debía llevarse más allá, por lo que la duración se extendió hasta los 30 días. 

Inertes, sin descanso y con disminuciones en sus facultades físicas y mentales, los prisioneros compartían algunos de los eventos traumáticos en su vida, manteniendo un tono amigable entre sí. Un hecho que cambiaría a partir del quinto día del experimento.

Con el aumento de las horas sin sueño, los prisioneros se quejaron de las circunstancias y eventos que los habían llevado hasta ese momento, comenzaron a mostrar una paranoia severa. El diálogo entre prisioneros se interrumpió y de manera alternada susurraban a los micrófonos y a los vidrios de las ventanas. 

En medio de sus paranoias, los prisioneros creían que podían mejorar su situación si denunciaban a sus compañeros por hechos o circunstancias que quizá no habían cometido, pero que era información valiosa para los investigadores. Las conductas paranoicas persistieron.

Nueve días después


Al noveno día, cuando los investigadores examinaban los cambios de conducta en los prisioneros, uno de ellos comenzó a gritar de manera frenética, recorriendo la estancia. Según los registros, durante tres horas seguidas el prisionero gritó sin cesar, hasta que sus cuerdas vocales no dieron más de sí y sólo se escuchaban chillidos ocasionales. 

El resto de los prisioneros se dedicó a susurrar a los micrófonos, hasta que uno más cedió a los gritos y comenzó a hacerlo también. Los otros dos, en silencio, tomaron los libros de la estancia, arrancaron las páginas, defecaron sobre ellas y las ‘pegaron’ en los cristales de la habitación. Con los vidrios bloqueados, los gritos cesaron, y no hubo más susurros a los micrófonos, sólo oscuridad y silencio.






Transcurrieron tres días sin recibir sonidos ni imágenes de la estancia, pero los investigadores confirmaron que el consumo de oxígeno al interior de la habitación indicaba que las cinco personas aún seguían con vida. En la mañana del día 14, los médicos decidieron obtener una reacción de los cautivos a través de un intercomunicador para así confirmar si aún estaban con vida.

–Estamos abriendo las ventanas y probando los micrófonos. Recuéstense en el suelo o se les disparará. Si lo cumplen, se les liberará inmediatamente –resonó en la oscuridad de la habitación.

–Ya no queremos ser liberados –fue lo único que se descifró de la extraña voz que contestó al mensaje.


Ante el cese de comunicaciones a través del intercomunicador, y la duda científica que existía en torno al estado de los prisioneros, tanto investigadores como personal del ejército acordaron abrir la ventana a la medianoche del día 15. 

El sistema de ventilación purgó el gas estimulante y el aire fresco inundó la habitación. Voces provenientes del interior se oponían a la apertura del cuarto, rogando que se encendiera el gas de nuevo. Con la entrada de los soldados, los prisioneros se violentaron y comenzaron a gritar frenéticamente. Los soldados, en ese lapso de incertidumbre, vieron que sólo cuatro de los cinco sujetos estaban vivos, aunque ninguno pudo afirmar o negar que lo estuvieran realmente.


El personal del ejército comprobó que tras los primeros cinco días, las raciones de alimento y bebida estaban intactas. El drenaje de la habitación estaba bloqueado por trozos de carne de muslos de uno de los sujetos de prueba, y más de cuatro pulgadas de agua se acumulaban en el suelo. Los cuatro hombres que seguían ‘con vida’ tenían gran parte de la piel y de los músculos arrancados de su cuerpo y, por las heridas en los dedos de los sujetos, se supo que éstas habían sido autoinflingidas. 

Los prisioneros se habían retirado los órganos abdominales por debajo de la caja torácica, y sólo el corazón, pulmones y diafragma les permitían seguir con vida, aún contra toda lógica. El tracto digestivo de los cuatro internos podía ser visto trabajando, digiriendo alimentos que en realidad eran su propia carne. 

Los internos opusieron una férrea resistencia ante los soldados que intentaban retirarlos de la cámara, y lograron herir y matar al menos cinco soldados soviéticos. Para calmar a los sujetos y poderlos retirar del cuarto, los médicos intentaron sedarlos, pero ni diez veces la dosis de morfina recomendada para un humano fue suficiente. El corazón de uno seguía latiendo minutos después de haberse desangrado, aunque una vez que se detuvo, el sujeto continúo gritando y desangrándose mientras gritaba ‘más morfina’ y atacaba a todos quienes estaban a su alcance. Finalmente, el prisionero cedió ante la muerte.


Los tres sobrevivientes fueron trasladados a un centro médico entre sollozos y ruegos porque se les suministrara nuevamente el gas. Uno de ellos murió después de oponerse a los sedantes, y la autopsia reveló que su sangre tenía tres veces más oxígeno que el de una persona promedio. El segundo sobreviviente, con las cuerdas vocales rotas y sumamente débil, no se opuso a la cirugía, sólo agitaba violentamente la cabeza. Cuando se le preguntó si quería la cirugía sin anestesia, afirmó con la cabeza y una mirada malévola. El otro sobreviviente también fue sometido a cirugía, preguntando constantemente por el gas, y cuándo se le cuestionó por el daño que se habían hecho y por qué querían tan desesperadamente el gas… sólo contestó:

-Tengo que permanecer despierto.


Tras las fallidas cirugía, los sobrevivientes fueron llevados de vuelta a la habitación para decidir qué se haría con ellos. Los médicos propusieron la eutanasia, aunque los mandos militares quería seguir experimentado con los prisioneros y el gas. Con la esperanza de recibir nuevamente dosis de gas, los internos se tranquilizaron y fue posible conectarlos un monitor para rastrear sus ondas cerebrales. Éstas eran normales la mayor parte del tiempo, pero en ocasiones eran inexplicablemente planas, como si estuvieran sufriendo múltiples muertes cerebrales. En espera del gas un prisionero murió.

El único sobreviviente que podía hablar, enmudeció al instante, mientras sus ondas indicaban que podría haber muerto. El oficial al mando dio la orden de sellar la cámara con los dos sobrevivientes y dos investigadores. Sin embargo, antes de ser encerrados, un médico sacó su arma y disparó a uno de los prisioneros antes de suicidarse. El otro investigador, con su arma apuntando al interno restante dijo:

–No voy a estar encerrado aquí con estas cosas. ¡No contigo! ¿Qué eres? ¡Tengo que saber!

-¿Has olvidado tan fácilmente? Nosotros somos ustedes. Somos la locura que se esconde dentro de todos ustedes, rogando ser libre en todo momento en su profunda mente animal. Somos lo que escondes en tu cama cada noche. Somos aquello que sedas en silencio y paralisas cuando acudes a tu paraíso nocturno al que no podemos entrar.

El investigador disparó al corazón del interno y mientras su actividad cerebral desaparecía escuchó decirle:

–Tan… cerca… de… ser… libre.

***






La historia anterior es la traducción de un relato presuntamente inspirado en un experimento real, aunque con variantes, el relato está situado en un contexto político e histórico que nos remite a múltiples experimentos nazis caracterizados por la barbarie; la historia dramatiza la interrogante del ser humano respecto a la muerte. ¿Existe algo más allá de nuestra existencia biológica y física? ¿Figuras como la de los muertos vivientes, tan populares, son posibles? ¿Hasta dónde es capaz de llegar el hombre en aras de desvelar los grandes misterios de la vida?

El hombre, en su búsqueda por responder las interrogantes que la existencia misma presenta, ha emprendido múltiples experimentos bajo la bandera de la psicología. Muchos de los cuales han probado ser un fracaso ante los resultados no esperados, y otros tantos que han destacado por su crueldad. ¿Qué mentes podemos quebrar para entender al cerebro? ¿A qué cuerpos podemos robar la vida en nombre de la ciencia? ¿Qué existencias podemos finiquitar para justificar la propia?

Los horrores del experimento del SUEÑO RUSO

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